El precio de estar vivo
Las consecuencias de nuestros actos no como reglas quebrantadas, sino como el precio de estar vivo, del inevitable roce con el mundo y los demás.
Hace unas semanas estuve en un retiro espiritual. En la mesa de trabajo de mi grupo de señores compartimos reflexiones sobre cada tema, uno a uno, con esa torpeza que tenemos los señores que no acostumbramos hablar de lo que nos duele. En algún momento las historias de vida que se deshojaban sobre el blanco mantel de nuestra mesa se desvanecían poco a poco en murmullos, y comencé a darme cuenta de que todos habíamos llegado ahí buscando lo mismo: sanar nuestras heridas a través de la palabra de Dios.
Escuchándolos pensé, esos tragos amargos que vivimos no suceden por estar alejados de la palabra, sino que son efectos, consecuencias de experimentar el roce con las cosas del mundo y con los demás, con las creencias propias y ajenas, las de la gente que conocemos y las que absorbemos en el hogar. Es la vida en movimiento.
Vivir implica riesgos y desgaste. No mala suerte ni castigos divinos.
La vida es movimiento
Primero, es preciso entender que la vida es movimiento, que todas las cosas del mundo están en constante ir y venir, chocando, empujando de aquí para allá sin detenerse. Las ideas, las células, la piel, el río, el sol, todo cambia de lugar y de forma. Aparecen y desaparecen cosas, personas, lugares. Lo que no se mueve no está vivo.
El río muestra el movimiento de la vida con la evidencia más clara, el agua que pasa ahora no vuelve a pasar por su cauce. Así las células se renuevan gastándose. La piel se muda a sí misma sin pedirnos permiso. Las ideas chocan entre sí y se transforman. El amarillento y a veces cobrizo sol de mi tierra que por las tardes se esconde detrás del Cerro Bola nunca es el mismo sol dos veces, porque yo tampoco lo soy cuando tengo a bien verlo prepararse para dormir. Ese desvanecido cielo que cae sobre el cerro converge con mis estados de ánimo, con el día de trabajo que llevo encima, con mis sueños no cumplidos aún, elaborando una composición arreglada con las palabras que me dejaron mis padres, algo que no se repite.
En ese ir y venir también se van cosas. Se van personas, lugares que fueron nuestros, se van aquellas certezas que teníamos a los treinta años. Nada se queda donde lo dejamos.
El roce
Y todo es producto del roce, ese tacto con la realidad que nos acompaña desde que nacemos. Y con el roce viene el desgaste, las huellas que nos marcan, las consecuencias que nos arrastran. Porque nada se mueve en el vacío, todo lo que se mueve toca algo. Por ende, el contacto da luz a los hechos; el roce es el efecto que ese contacto genera entre las cosas del mundo, entre las ideas y las personas. Hay momentos en los que ni siquiera hace falta tocar algo, basta con pensar en alguien a quien queremos para que algo se mueva por dentro, para bien o para mal.
El roce siempre deja huella. El agua alisa y redondea las piedras del río. Y entretanto la tierra del desierto se agrieta por la falta de agua. La piel, la nuestra, lleva la contabilidad exacta de sus roces, de las grietas en las manos de quien trabaja con ellas, el callo donde el oficio insistió cada mañana y cada tarde, las yemas de los dedos alisadas y desgastadas tanto como se desgastan mis manías de antes y mis viejas ideas limitadas. Y es que las arrugas no son deterioro, son cauce por donde algo, la risa, los rayos del sol o las preocupaciones corrieron por ahí tantas veces que el terreno de la piel cedió.
No es lo mismo estar solo en la banca de un parque, con frío en las manos y mejillas, que frente a la computadora en casa donde el calor es acogedor. Porque nadie más puede padecer ese frío en esa banca, mientras te ataca un pensamiento específico, tuyo, en ese orden. La huella que te deja cada momento nunca es igual porque el roce nunca es igual.
Y con el movimiento hay algo previo al roce que solemos olvidar u omitir durante la desesperada búsqueda de respuestas a nuestro roce con el mundo: las decisiones, las renuncias a las cosas y a las personas, los caminos elegidos. Incluso no hacer nada y dejar que las cosas pasen o simplemente permanezcan, implican una decisión, y toda decisión es el principio de un camino. Elegir una ruta es renunciar a otras de posibilidades infinitas, a trances que nunca conoceremos porque conocer es vivir. Y habremos de asumir los roces y los desgastes propios de ese camino elegido, de la decisión de andar, pero nunca los de los otros caminos renunciados, con sus vericuetos irregulares, sin rectas ni reglas inquebrantables.
El roce, obstinado constructor
No obstante, los efectos del roce con el mundo no solo son desgastes; también son bloques de construcción, experiencias constructivas. Si todo roce deja huella y talla, también deja frutos.
El músculo crece porque se rompe un poco con cada esfuerzo y se reconstruye más fuerte. El hueso se robustece ahí donde recibe la carga. El río que gasta la roca va tallando a la vez un cañón. El callo que endurece la mano es también lo que le permite seguir trabajando sin sangrar.
De tal modo en la vida, el carácter, el criterio, la paciencia, la compasión por el dolor ajeno, la amistad que sobrevive a una crisis y todas esas cosas que conocemos como virtudes, nada de eso lo aprendemos en la quietud, sino en el movimiento de la vida, en el constante tallar del roce con el mundo. Entendí entonces que los señores sentados en esa mesa no solo traían consigo sus heridas, sino también aquello que las heridas les habían enseñado, más que derrotados estaban inquietos por compartir y hablar de esas enseñanzas.
El choque contra uno mismo
Hay un roce que no se ve en la piel. El choque contra uno mismo que no concibe razones que valgan ante la pregunta que alguna vez nos hacemos: ¿por qué a mí?
La sensación de tener mala suerte, el resentimiento, la ira y la frialdad de la soledad son sentimientos que terminan por agregar peso al morral emocional y que vamos acumulando y creciendo sin saber qué hacer con esos sentimientos o dónde ponerlos.
En cambio, la naturaleza no pregunta por qué. El río choca con la piedra y la rodea para seguir su camino, de paso la desgasta con los años, pero nunca le reclama nada. Nosotros sí, exigimos que todo tenga sentido, una explicación o una disculpa ante cualquier golpe de la vida. Y cuando ese sentido no llega, cuando no hay explicaciones, algo se detiene por dentro. Y como todo lo que no se mueve esa experiencia se estanca, como el agua que se pudre cuando deja de correr y oxigenarse.
La piel a su vez aprende a endurecerse donde más le duele, hace callo, lo cual también sucede en nuestro interior. El resentimiento es como el callo, duro y áspero que entierra cual tumba una mala experiencia y nos protege, sí, pero también nos insensibiliza. Nos endurece justo donde necesitamos sentir.
Y si el dolor es un proceso de etapas, habrá quien piense que una mirada o una palabra serena puede llegar a ser insensible o insensata ante el pesar de alguien y tal vez lo sea, mas no será negación, sino una mirada a lo que es la vida y a lo inevitable de vivir.
Las palabras nunca caen en el vacío
Decía Germán Dehesa que las palabras nunca caen en el vacío.
Las palabras son también un roce que deja huella, que nos talla y nos transforma introduciendo ideas y razones que a su vez generan reflexiones, haciendo mella en nuestra mente y en el corazón. Así como hay palabras que hieren como piedra afilada, otras nos tallan como el agua alisa las piedras del río. De tal manera una frase dicha con descuido e impertinencia puede abrir una grieta profunda que tarde años en cerrar; otras palabras, dichas a tiempo y con compasión, pueden sostener a alguien durante toda la vida.
Por ende, las heridas abiertas pueden tratarse con palabras, aunque no se borran pueden tallarse para darles forma. Cuando un hombre logra nombrar y describir en voz alta las cosas que le duelen, sus heridas dejan de ser una pesada y dolorosa carga informe y comienzan a tener contorno y forma, se pueden mirar y entender. Las palabras son entonces el camino del entendimiento.
Eso ocurría en aquella mesa. Los señores no solo compartían sus heridas, se rozaban con palabras, causando efectos quizá más o menos buenos. Cada historia contada dejaba mella en nosotros, cada historia escuchada tallaba un poco la propia. La palabra de Dios que habíamos ido a escuchar era también eso: un roce con el misterio de lo divino, algo que nos tallaba por dentro.
El precio
Finalmente uno llega a la capacidad de entender que todo implica riesgos, matices, grietas, heridas, endurecimiento, cual precio pagado por estar vivo, por el inevitable roce con el mundo y con los demás.
Amar, tener fe, entender las consecuencias de nuestros actos, pero no como reglas quebrantadas deliberadamente, sino como el precio que se paga por estar vivo.
Nadie paga ese precio por equivocarse; lo paga por estar aquí, por haber amado a alguien que se fue, por haber tomado un camino y renunciado a otro, por haber creído, trabajado, esperado. Y todo precio compra algo: el desgaste, eso que pagamos, la forma que adquirimos, lo que recibimos a cambio de vivir.
Caminar con fe
Caminar a sabiendas de que la vida es movimiento, roce y desgaste, decisiones y renuncias, es vivir con fe en la creación divina, que a lo largo de la historia de la humanidad nos ha dejado pautas a seguir: la palabra de Dios y la ética que conlleva, porque preserva la vida. Porque caminar con fe es mantenerse en movimiento, vivo, vivir sin certidumbre de lo que pasará mañana al salir a la calle, pero con la certidumbre de que pase lo que pase, no caminamos solos.
La fe no nos libera del roce ni nos promete una piel sin grietas ni un corazón sin heridas. La fe no es un refugio donde podemos alojarnos para quedarnos quietos, sino el faro que nos orienta para no perder el rumbo en el camino. A su vez la ética cobra sentido justo por eso: si la vida es movimiento, lo que la preserva no puede ser la quietud, sino mantenernos vivos en movimiento de tal manera que cuidemos la vida propia y la de los demás. Un roce que no destruye, sino que construye y da forma. Tal como hace el agua con la piedra, como la palabra dicha a tiempo y con amor.
Ahora vuelvo a la mesa del retiro, a recordar a esos señores contando en voz alta lo que durante años cargaron en silencio.
Ahora los veo de otra manera, no como hombres alejados de la palabra que encontraron la oportunidad de regresar, sino como hombres que han andado mucho, que han pagado el precio de estar vivos, cada uno con sus heridas, sus callos, con piedras que fueron rodeando aguas abajo en el tiempo, con algunas piedras duras todavía por rodear. Y nadie fue despojado de sus heridas aquella tarde, pero al ponerlas sobre el blanco mantel de aquella mesa redonda, juntos empezaron a nombrarlas y darles forma, empezaron a entenderlas.
Las palabras nunca caen en el vacío.
Sanar es entender.